12 diciembre, 2009

Un navío llamado Esperanza.


            Ética y estética son lo mismo

 Ludwig Wittgenstein.

            Saludos, tenía bastante tiempo con el blog abandonado, espero poder escribir en vacaciones y cuando entre a la escuela poderme dar a la tarea de seguir actualizándolo. Por el momento me remito a escribir este breve artículo.

            El arte y la filosofía no se encuentran peleados, podemos encontrar ramas de estudio donde se compenetren y se traten, tal es el caso de la estética o de la filosofía del arte, pero no quiero remitirme solo a eso, sino quiero vislumbrar esa utilidad que nos pueden dar los artistas para explicar la filosofía, o como los artistas plasman pensamientos en su obra, quizá de una manera explícita o tal vez de una forma inconsciente, lo cierto es que se puede observar todo un pensamiento en una canción, un cuadro, una obra de teatro, una danza, o cualquier otra representación, ellos influyen y son engullidos en el  pensamiento de su época. Tal es el caso del pintor del que ahora hablaré: Caspar David Friedrich.

            En lo personal, la época del romanticismo, o la pintura de ese tiempo, es aquella que se encuentra más arraigada en mi gusto, pues despliega toda una cosmovisión de la cual se puede desprender una ética con el mundo, además de que nos muestra el sitio real que tenemos en la naturaleza.

            Sus representantes solían tener un juego bastante claro: la línea del genio creador más allá de los cánones del arte, fue un intento por romper lo académico por comenzar a crear exacerbadamente el sentimiento del autor, pues estos se situaban por encima de la razón y la imitación.

            Podemos encontrar en ellos varias constantes: un carácter místico de la naturaleza y la realidad ínfima del ser humano ante ella, esto lo observamos en los grandes paisajes donde solo aparecemos como adornos, e incluso poco relevantes –sobran en la pintura-, también se ve en aquellos en los cuales hay construcciones arquitectónicas, las cuales se ven destruidas por el paso del tiempo, apocadas u opacadas por el ecosistema que las rodea. Todo esto para decirnos lo pequeño que somos a pesar de nuestro comportamiento tan vanidoso que nos ha hecho creer que somos lo mejor de la creación, sin darnos cuenta que sobramos o estorbamos.

            Aquel con el cual me he familiarizado más, quizá porque me agrada demasiado su trabajo, es, el ya mencionado anteriormente, Caspar David Friedrich un alemán de gran peso en el siglo XIX (Recomiendo también la obra de Philipp Otto Runge, Goya, Tuerner, Delacroix y Gericault). Es muy probable que ustedes ya lo hayan visto con anterioridad, pues los libros como Así hablana Zaratustra  de otro Friderich pero este de apellido Nietzsche suele llevar en la portada la pintura denominada El caminante sobre el mar de nubes pintado entre 1817 y 1818.

            Pasemos ahora a lo que nos compete, el leitmotiv de este escrito, un cuadro que cuya representación e historia puede servir de analogía para lo que vive la totalidad de la especie humana en la actualidad.

            Esta es la historia de un barco que emprende un viaje con tal de volver a casa y encontrar resguardo, es un navío que ante la adversidad espera permanecer y sobrevivir, tal como lo hemos hecho nosotros con los ojos puestos en el progreso, en el mejoramiento de nuestra vida y de las relaciones en sociedad.

            Pero las condiciones cambian, la temperatura desciende, el mismo mar se ha solidificado o se avizora un témpano, no sabemos, pero lo que si tenemos conocimiento es que el problema viene de frente, de una forma imposible de esquivar, ahí se va nuestra nave, ante éste cuerpo de hielo, destruido al contacto, derruido, ¿Salida? Nadie puede encontrarla, ¿solución? parece no haberla,  es inevitable dicho suceso, estamos ante el naufragio de un barco… aquel que tuvo el nombre de Esperanza.

            En la actualidad nosotros vivimos una situación muy parecida a la de esos marineros, tenemos problemas, y estamos profundamente ateridos como para poder solucionarlos, contamos con grandes bloques de hielo que no nos permiten superarnos, problemas que nos impiden movernos para poder sacar a flote esta nave que llamamos planeta tierra (porque es eso, una gran nave errante, que su destino es incierto, pero lo es más dentro de sí por problemas internos), podemos ponerle nombre a esos cubos con cada una de las dificultades con las que debemos enfrentarnos: desigualdad social que deriva en pobreza, hambrunas, excesos de dinero, delincuencia falta de educación y de oportunidades. así mismo aquel con el que tenemos una deuda y responsabilidad antiquísima, tales son los problemas ambientales como el calentamiento global y la extinción de las especies. Sin embargo ante ellos se sume una base aun todavía más fuerte y difícil de derribar, esto solo se logrará si logramos concientizarnos, ya que solo derribándola podremos salir adelante y movilizar de nuevo nuestra esperanza, el mayor de los males es: la apatía.

            El reto de los educadores de los presentes años es destruir esa apatía, terminarla, para poder accionar los motores de este navío en el cual nos encontramos en conjunto, a diferencia de los tripulantes de “El Esperanza” nosotros aun podemos cambiar el rumbo de nuestro destino, mejorar nuestra sociedad, además de restaurar a la naturaleza, es momento de poner en marcha nuestra esperanza.

            A continuación les dejo los dos cuadros de Caspar Friedrich respetco al tema:

El naufragio del Esperanza 1

El naufragio del Esperanza 2


El primero es más de mi agrado.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Porque hay ¡eeesssperanzaaa!

Dovhdovh dijo...

Marcos:

Concuerdo con usted. Si hay apatía, la esperanza no puede navegar con facilidad.

Mosh dijo...

No. El planeta no es mera vasija que nos contiene. Es un hecho innegable que su destino no esta ligado al nuestro, que su futuro es distinto y mas perpetuo que el nuestro y que hemos de ser solo una etapa, así, siquiera pequeñita en lo que nosotros arbitrariamente llamamos historia. Hemos de perecer mucho antes que la nave, hemos acaso de gritar con esperanza descarnada por salvarnos, hemos de abigarrarnos a las filosofías mas optimistas y mas falaces, pero todo eso será inútil; EL deseo de marcar al universo con nuestra presencia es vano. No seremos los primeros en marcharnos de este planeta,acaso ya lo suficientemente diminuto como para significar algo. Como dice el buen Salvador Elizondo. De nada habrá de servirnos la ayuda de Dios para salvarnos.

Sera nuestra falta de foresight que no nos deja ver que desde el día uno estamos condenados, en un universo tan grande a ser tan poco.

Anónimo dijo...

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